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Las crónicas de Sitges 2010

notas de Cenzo A. de Haro

Crónica para Miradas de Cine. Barcelona, octubre de 2010.

DÍA # 4

Esto pretendía ser una crónica cinéfila sobre la cuadragésima edición del Festival Internacional de Cine de Sitges, el festival más importante sobre cine fantástico y de terror dentro y fuera de nuestras fronteras, huelga decir que el más importante de Cataluña, y eso, como mínimo, da respeto –por no usar otro término más testicular.

Estaba tan embriagado por mis invitaciones, mis espacios propios en el Diario del festival y la posibilidad de realizar la cobertura para Miradas de Cine que concebí un texto ambicioso donde se hablaría de las diferentes secciones, de las películas, de directores, de retrospectivas, de referencias, de Kubrick… Vaya, se hablaría de cine. Hubiera puesto estrellitas que valoraran –de una a cinco estrellas- cada una de las películas, un ranking de las imprescindibles, alguna apuesta que otra sobre quién ganará las diferentes secciones, alguna mini entrevista a algunos de los protagonistas e incluso opiniones de los espectadores, porque ¿para qué sirve la crónica de un festival de cine si no hablas y opinas sobre películas?

Pues no lo sé.

Yo iba a hablar de todo eso pero el caso es que ahora, mientras escribo estas líneas cuando han transcurrido cuatro días de festival, no me enorgullece afirmar que sólo he asistido a tres películas (y media) y que me he dejado ver más por la terraza del hotel Meliá, por los restaurantes y los bares de la zona –me consuela pensar que, según dicen, allí es donde se forjan los críticos- que por las salas de cine. Confieso mis pecados, padre Carpenter. En lo que llevo de certamen he sido muy mal aficionado. No llego ni a la categoría de consumidor audiovisual. Sé que por esto me caen, al menos, dos golpes en la pequeña china y tres noches de Halloween; pero ya no hay vuelta atrás.

Para emancipar de mi mente esa fantástica crónica que ideé y nunca leeréis podría haberme enmascarado de sufrido periodista. Hubiera empezado a comentar películas que no he podido ver y que, presionado por una redacción que quiere los textos para ayer, habría escrito reseñas guiándome de críticas ajenas y opiniones de pasillos, salvando con ello el tipo, mi nombre y mi trabajo. Pero yo no soy periodista, por mucho que me guste colarme en la sala de prensa; y tampoco tengo ninguna identidad que salvar. Por no hablar de mi tipo, que hace mucho que perdió esa opción. O hubiera podido mostrar mis atributos cinéfilos y hacérmelas de Boyero numerando veinte o treinta puntos por los que odio las películas de terror y, sobre todo, la gente que va a ver estas películas. Pero yo no soy Carlos Boyero, por eso él está donde está y yo estoy donde estoy. También hubiese podido sacarle partido a toda una semana invertida en visionar a Mario Bava, recordar a Paul Naschy o Roger Corman e invocar en estas revisiones a la todopoderosa clarividencia de Tonio L. Alarcón y Antonio José Navarro. Podría haber dejado que sus espíritus me invadiesen y, sumido en este estado de posesión tan adecuado para Sitges, hubiera empezado a teclear –torpemente, porque no estoy acostumbrado a llevar anillos de plata ni enfundarme en cuero- una vomitera de frases que no son mías, demostrando que soy un alumno aplicado y tengo la lección más que resabida. Pero tampoco he sido nunca un modelo en educación, y reitero la incapacidad para ocultar mi nefasta tendencia al rechazo inicial que me produce este tipo de cine -por muy buena escuela de cineastas catalanes que esté engendrando, a quienes admiro, por otra parte-. Así pues, para quien espere leer sobre películas, quisiera advertirle que ésta no es la crónica adecuada. Le sugiero que cambie de página y lea las crónicas de Antoni Peris, Sergio Vargas o Javi Pulido, que saben mucho más del tema que yo. O que se compre el Cahiers, en su exceso. Siendo consecuente conmigo mismo sólo puedo escribir de lo que sé y en base a lo que he vivido.

He aquí una crónica de cine que no habla de películas.

DÍA # 0

Ir a un festival de cine no dista mucho de ir a un festival de música. Dispone de programa, horarios, localizaciones, fanáticos, reporteros, grupees, experimentados, entendidos, perdidos, unidades móviles, famosos, cazadores de autógrafos y alcohol. Todo el alcohol que quieras. Para el asistente las pautas a seguir son las mismas. Se ve en directo a los protagonistas, se salta, se camina, corres, se hace cola, estás sin hacer nada durante dos horas, corres, y entre maratón y maratón la gente se hidrata, nuevamente. Se tira de agenda, se queda con gente, se pierde a gente, se señala cines como escenario en un mapa diseñado especialmente para la ocasión asegurando la coordinación distancia-tiempo entre pase y pase, marcando así un manual de intenciones que nunca se cumple.

DÍA # 2

BRU: ¿Qué plan lleváis?

GINER: Queríamos meternos en el Auditori para ver Cría Cuervos.

BRU: ¿Otra vez? Es una horterada venir a un festival de cine a ver películas. ¡Vámonos a comer algo!

DÍA # 0

Llevo una semana escogiendo las películas a ver, entrando en la página web oficial interesándome por las secciones, sobre todo la de nuevas visiones que es donde se le toma mejor el pulso al celuloide. Leyendo los mails de prensa, comentarios en blogs, recordando filmografías y directores y aprendiéndome de memoria los títulos de las películas y su argumento, como si fueran las letras de las canciones de un artista horas antes de su concierto para cantarlas en modo karaoke. Porque a un concierto se va a cantar, y se va a que la gente sepa que conoces quién hay allí subido. En un festival de cine pasa lo mismo, agravio añadido si eres, o dices ser, crítico de cine. La diferencia respecto a la música es que en el cine no te cabrea que toquen canciones que nadie conoce, sino todo lo contrario: esperas algo nuevo y te cabrea que te cuenten siempre lo mismo o, directamente, que no te cuenten nada.

DÍA # 4

En lo que llevo de Sitges ya he salido tres veces (y media) cabreado, y eso que no me las doy de gafapasta, ni balbuceo cual manifiestos socialistas los alegatos cahieristas, ni pronuncio el nombre de Godard en vano, pero es que lo de Paco Cabezas no tiene nombre.

Carne de neón

Un Paco Cabezas disfrazado de un cañí Guy RitchieTarantino y/o Scorsesse me demuestran –él y todos ellos juntos- lo innecesario de alargar una historia en casi dos horas de metraje cuando se explicó y explotó perfectamente en veinte minutos de corto. El largo no aporta novedades, ni en efectos técnicos ni en historia. Pierde en casting cambiando a Oscar Jaenada por el rompe taquillas Mario Casas –supongo que buscando esa consecuencia- y también pierde en el desafortunado giro del papel de Macarena Gómez, quien en el corto fuera la policía infiltrada entre las prostitutas que, en el juego de rol se convierte en yonki, ahora es la manida prostituta yonki enamorada de su chulo. Lo único que me interesó en todo el pase, y a riesgo de que se me tache de superficial, es el vestido con el que Macarena presentó la película.

DÍA # 2

Son las cinco de la tarde. Mala hora para los toros, y para mí. Giner se ha ido a visitar la sala de prensa y conseguir algunos press books. Mar no ha aparecido desde que la cola del Auditori la engullera con todos los flyers de La Casa del Cine. Elena está de relaciones públicas sobre el césped de la piscina. Xavi controlando que su pupila Ainoa trabaje; y aquí estoy yo, escondido tras la pantalla de mi portátil y las bebidas que me sirve Juanma, compartiendo mesa con Macarena Gómez.

A mis espaldas está Féilx Gómez promocionando Agnosia (Eugenio Mira, 2010). Allá en el photocall Mario Casas se deja querer por la reportera de laSexta mientras nadie de los que estamos en la terraza del hotel entendemos a qué vienen los gritos que propina la susodicha –guión en mano- a una cámara situada en la quinta planta del hotel. Antonio de la Torre tropieza con mi mesa dirección a la promoción de Dispongo de barcos (Juan Cabestany, 2010), de lo mejorcito que ofrece Sitges en cuanto a cine español se refiere. En la mesa de al lado dos interesantes y jóvenes chicos a quien más tarde identifiqué como Henry Joost y Ariel Schulman, directores de Catfish, se divierten y me divierten. Y ante mí un café con leche que me ha servido Juanma –le damos tregua al gin- y una silente y desmaquillada Macarena. Macarena mira su café. Yo miro mi café. Nos miramos y volvemos la vista hacia los dos directores. Dámaso Conde, compañero de reparto, se acerca a romper el hielo diciendo que va a esperar a Vicente (Romero) y preguntarle a Macarena por el vestido, a lo que ella me confía el secreto. Es entonces cuando, a falta de otro tema más candente, me convierto en contertulio de prensa rosa: ¿tú crees que es conveniente que lleve mañana un vestido blanco de plumas? -me pregunta Maca. Se abre el debate.

DÍA # 3

Finalmente Macarena ha presentado la película con el vestido blanco de plumas de Teresa Helbig. Y yo, enfundado bajo mi kit de festival, mi portátil, mis zapatillas cómodas y mi camisa a cuadros abierta, espero con Giner en la antesala para trasladarnos, de nuevo y según le ha gritado a Candela Peña –desde la otra punta del Auditori- a la terraza del hotel con el resto de amigos cinéfilos y gentes del oficio; y pienso en qué momento Sitges dejó de ser para mí un festival de cine y se convirtió en un desfile de Tanqueray orquestado por Juanma.

DÍA # 1

Con el kit y mi reseña de El Exorcista recién impresa en el Diario del Festival voy al encuentro de Javi Giner, escritor, artista, farandulero reconocido y compañero de viaje. De camino a Sitges hablamos de Carlos Saura, del remake de Zhang Yimou (A Girl, A Gun and a Noodle Shop), de Los Ojos de Julia y, sobre todo, de las ganas de ver en pantalla grande El Resplandor. Hacemos cuenta mental de lo que nos gustaría ver y a quién nos gustaría ver, hasta que nos cansamos mutuamente de regodearnos en este exceso de misantropía e instrucción cinéfila y pasamos de las letras del programa a las letras de Placebo, Nena Daconte y Melendi, que daban mucho más juego con nuestras manos y pelo al viento por la autopista. También con la espera en el peaje a que nos abrieran la barrera del carril Teletac sin saber de la existencia de ese tal Teletac.

Peajes, kilómetros y carteles publicitarios más tarde nos hacemos hueco –literalmente, ya que desplazamos una valla de seguridad para aparcar el coche- en el epicentro del festival: el hotel Meliá. Nada más aparcar nos encontramos con Xavi Bru (Treaserland y mucho más), Elena Neira (la totalidad del departamento de marketing de Wide Pictures) y Guillem Morales (director de Los ojos de Julia).

Los ojos de Julia

O cómo Guillem Morales intenta –con más o menos éxito- imprimir su huella de excelente realizador sobre un producto de Antena 3 y otras productoras televisivas, expertas creadoras de prefabricados de celuloide, encargándole “una historia que huela a El Orfanato”. Lástima que, a pesar de su trabajo, no pueda desprenderse de este olor, aunque provenga en su mayoría por la presencia de Belén Rueda.

Guillem mostraba preocupación explicando que, durante el estreno, falló el sistema de proyección y rompió el clímax de un espectador ya inmerso en la trama. Elena le tranquilizaba diciendo que todo fue perfecto, que no se preocupara, que eso nada tenía que ver con su obra y que estas cosas pasan en las mejores familias, y más en la era digital.

(…)

Estábamos emborrachándonos de imágenes de El Resplandor (Stanley Kubrick, 1980), borrachera kubrickiana que se sumaba a la tanquerayana de serie, degustando una escena nunca vista en la que una psicóloga visita a Danny cuando desapareció la imagen de la pantalla, encendieron las luces y, como cantaba la Torroja, «silbidos a cabina, tensa situación». Nos avisaron de un fallo técnico en la proyección. Pasados ya bastantes minutos y para combatir el creciente cansancio de todo un día celebrando el séptimo arte, salimos a fumar y que nos diera el aire. Proyección digital reanudada, dentro de la oscuridad de la sala y la comodidad de sus asientos, fue cuando escuché otra escena no vista, terrorífica e inevitable: mis ronquidos. En la escena siguiente pude localizar mi casa, y mi cama.

DÍA #5

Esta mañana, medio festival de Sitges, periodistas y críticos a la cabeza, hemos hecho un descanso para asistir a uno de los eventos del año: el preestreno de la ya aclamada obra maestra de David Fincher, La red social. En las puertas de los cines Verdi Park, Elena, Giner y yo esperamos a que Toni Costa (Sony Pictures) nos dé el pistoletazo de entrada. Parece que ya… pero no, problemas con las claves de la copia digital. Minutos más tarde las claves erróneas bloquean la copia, y minutos más tarde los proyeccionistas se equivocan de copia. La solución, antes de dejar que nos la metan doblada, fue acercarse al bar de la plaza, Toni incluido, a seguir brindando por el séptimo arte.

DÍA #1

Coreando un “hasta luego” a Guillem, entramos en el hotel. Periodistas, cámaras y micros se apresuran hacia las profundidades –qué mejor sitio que el sótano para albergarles. Curiosos y clientes pasean por el hall. Mucho programa con mi reseña en las marquesinas, mucho cartel gigante rindiendo homenaje a El Resplandor, y en medio de todo el jolgorio, un solitario Jan Harlan, cuñado de Kubrick y productor de sus últimas obras, pasea casi de forma anónima, como si disfrutara de la intimidad de su casa flotando sobre sus zapatillas derecho a saquear la nevera. Y hablando de neveras, queríamos comer algo antes de entrar al pase de Cría cuervos, pero como Xavi Bru espeta, ya curtido en la materia, la horterada que supone ver cine en un festival de cine –y teniendo en cuenta que en un soleado Sitges lo que mejor entra a estas horas es un buen arroz y un buen vino- nos vamos en pandilla a La Taverna del Port

Durante el camino, Xavi y yo hablamos de la nueva ley del cine en Catalunya, de la sonada ausencia de las majors en la edición de un Festival donde no hay un minuto del día en que no se proyecte una película, y del discurso innaugural marcadamente catalanista que pronució Àngel Sala, director del Festival. Es a él y a Carolina (directora de organización) a quienes nos encontramos y saludamos al llegar a la terraza del restaurante. A ellos y a Eduardo Noriega -y compañía- y a un hombre, EL hombre, uno de esos peces gordos que nadan en la Industria y cuya personalidad y cargo Xavi no quiso desvelar hasta que se hubiera levantado de su mesa. Felicitamos a Àngel por la parrilla de proyecciones, comentamos que no creemos que nos atrevamos a ver A serbian movie (Srdjan Spasojevic, 2010) y nos confiesa que él, como Santo Tomás, una y no más. Ya con el arroz sobre la mesa y las copas llenas, hablamos de Mario Vargas Llosa, porque hoy todo el mundo cultural se centra en él; y soñamos con nuevos proyectos sin echar mucho de menos el WhatsApp. Adoptamos y bautizamos como Bowie, por tener un ojo de cada color, a un gato que no se separa de nuestra mesa, y en las inevitables copas post comilona le explico a los presentes, camarero y comensales de alrededor incluidos, cómo se sirve un gin tonic. ¡Así empieza a sonar Sitges!

DÍA #3

Elena y Xavi no han vuelto, ni van a volver a las horas que son, de su aventura vinícola a lo Falcon Crest por el Alt Penedés. En cuanto a mí, tengo el dudoso honor de que Juanma me sirva lo propio en la forma y cantidad que me gusta sólo con aparecer por la terraza, aunque en mi defensa tengo que decir que también se ha acostumbrado a las cervezas de Mar Canet (La Casa del Cine) y las fantas de naranja de Giner. Uno tiene que ser reconocido en los bares no por lo bebedor sino por mantener el gusto intacto. Candela no aparece. Nos sentamos a la mesa de Chus Gutiérrez (tecno feminista) y Elena Manrique (porno terrorista) o lo que se convirtió en la cena más divertida del festival -contenido que me perdonaréis no publique-. Macarena y Aldo Comas se ofrecen voluntarios para devolverme a la ciudad, viaje que aproveché -según me ha contado el cine y la literatura sobre lo que pasa cuando un director se encuentra con una actriz o un productor- para venderle a Macarena un papel de mi nuevo proyecto. Ahora llego a casa reflexionando sobre las películas que me he perdido en lo que llevo de Sitges, y también sobre todo lo que he vivido en esta pérdida. De todas formas, que me obliguen el martes a ver Twelve de Joel Schumacher, si supero la zombie walk aka la parada de los frikis de mañana, es todo un alivio. 

Twelve

Uno no está demasiado puesto en las series de moda, pero alguna vez se me ha escapado el dedo en el mando a distancia y he caído en las garras de Gossip Girl; y sé que Chace Crawford interpreta a uno más de esos niños ricos de Upper East Side en los que se centra el producto. Mi rechazo inicial hacia Twelve radica en mi percepción -real o no- de querer obtener idénticos réditos -buenos, si los hubiera- del personaje de Crawford en la serie, y la intención de convertir en drama un panfleto teen si se envuelve con una estética y sonido videoclipero y se sitúa al protagonista en los peligrosos bajos fondos de la ciudad, mostrando lo dura que puede llegar a ser la vida como camello cuando se está acostumbrado a vivir entre uppereastsiders no necesitados, ambiciosos de otras cosas, nuevas tecnologías, clubes sociales, droga dura y fiestas en casa de los papis. Y Crawford sabe, como Schumacher, cómo funcionan estas sociedades de privilegiados y los barrios deprimidos; y sabe cómo moverse exitosamente en ambas esferas. Lo único estimable de la sesión ha sido el corto All the flowers in time, una buena reflexión, a mi parecer, sobre el miedo desde la voluntad a querer tener miedo.

DÍA #10
El cine que debería(mos) haber visto en Sitges

Mejor Película, Director y Fotografía

RARE EXPORTS: A CHRISTMAS TALE de Jalmari Helander

 
Mejor Guión
Nicolás Goldbart por FASE 7
 
Mejor Cortometraje 
THE LEGEND OF BEAVER DAMM de Jérôme Sable
 
Mención Especial 
por su original homenaje a una indiscutible obra maestra del cine fantástico
VICENTA de Sam Millor
 
Premio de la Crítica Jose Luis Guarner
UNCLE BOONMEE WHO CAN RECALL HIS PAST LIVES de Apichatpong Weerasethakul
 
Premio Citizen Kane al director/a revelación
Quentin Dupieux por RUBBER
 
Méliès de Oro a la Mejor Película Europea
BURIED de Rodrigo Cortés